domingo, 20 de abril de 2008

NO ME ACUERDO DE NADA

Creerán que soy un psicópata loco, un obsesionado paranoico repulsivo, un confuso homicida. Pues bien, quizás lo soy, y lo que hice no fue por mera coincidencia. El amor no siempre es sinónimo de linda melodía armoniosa, tampoco lo es la espera de alguien que venga a rescatarnos de nuestra burbuja mediocre y opaca. Nada de eso. En ningún momento me detuve a pensar que lo que hice podría arreglar mi situación inestable y apocalíptica de no corresponderle a ninguna mujer. Empiezo desde el comienzo, aunque esto me duela. Mi nombre es David Zúñiga, en estos momentos tengo 23 años. Siempre me ha gustado el cine y la literatura, pero por sobretodo me apasiona la música, de todo tipo, pero debo decir que últimamente me descontrolo fácilmente con compositores oscuros y ténebres como Wagner. ¿Porqué escribo esto?. Porque me desespera el hecho que mi objetivo no fue cumplido. Conocí a una mujer, más que nada me obsesionaba el hecho de estar junto a mi mejor amiga, de mi alma gemela como decía otra amiga que también maté. No puedo explicar lo que siento en este momento, quizás trataría o haría el esfuerzo por dar detalles, sinónimos, pero aunque así lo fuera, me parece imposible encontrar metáforas y palabras adjuntas para motivarme a contar lo que siento dentro de mi cuerpo que está moreteado y con cicatrices que me han otorgado los guardias de esta cárcel. En estas cuatro paredes no me siento bien, estos ladrillos con marcas de sangre y tiza me desesperan. Sinceramente prefiero estar muerto que estar acá. Me he intentado quitar la vida muchas veces. Ni eso me da resultado. Me di por enterado que los padres de una de las personas que maté han pagado para que me electrocuten en la silla eléctrica. Pensé que eso sólo pasaba en películas al estilo Greenmile, pero ni eso, esto es peor. ¿Porqué la habré matado?, ¿Porqué ella no está en esta vida terrenal y yo si?. Mi objetivo no se cumplió, mis planes fueron mal ejecutados. ¿Porqué?. Maldito sea el día en el que fui a buscarla para salvarla. Para que parara de sufrir. ¡Ni siquiera puedo fumar en esta maldita celda!.

Todo dio vuelta después de ese eterno beso. Embriagado beso con armonía Bjorkiana. Violines y trompetas. Luces y miradas. Lágrimas y nebulosa. Yo quise arrancar de ese lugar. No pude. No acepté el hecho que había engañado a la persona que en ese momento quizás pensaba en mí. Que cuando me decía : "No me dejes", yo cerraba los ojos y sentía mi corazón cada vez más culpable. No se lo dije, no la quería hacer sufrir. Un día lunes le dije todo a esta persona, todo excepto ese beso. Dos lágrimas salieron de su ojo izquierdo y uno de su derecho. Corría de ida y vuelta. Yo en una especie de Lost Highway me reía, tenía pegada esa escena cuando el personaje se ríe luego de que su presa se da cuenta que realmente estaba en su casa desde el teléfono. Nos despedimos, yo empezaba a bailar por las baldosas y veredas de cemento molido, a lo Barry Egan en el supermercado. Ella saludaba a sus vecinos, su largo y crespo pelo café brillaba en ese caluroso día cómplice. Yo no sabía qué hacer. Luego de darme a entender que no quería verme más y que nuestra relación quedaba hasta acá le pedí mis ensayos, una película y mi disco de Homicidio Mental, que a todo esto es un proyecto desquiciado que hice con un compañero de la universidad que me salí y congelé. Tomé una metrobus, y sin pensarlo me dirijo donde la persona a quien me estaba obsesionando. Reviso mi mochila y quito los mensajes y una seca flor que mi antigua pareja había adjudicado en mis ensayos y disco. Al bajarme de la micro visualizo las verdes plantas que adornaban las casas de aquellos lugares, donde ni siquiera el calor me impedía seguir con mi objetivo de entregarle lo que recién adquirí. Al llegar, su hermana me informa que aún no ha llegado. Se los entrego personalmente. Miro a mi izquierda para confirmar si aquella pareja que estaba acostada en el pasto abrazada era ella, se parecía demasiado. Me voy con la duda. Se acerca la micro y me voy pensando en lo que hice. ¿Habré reemplazado una persona que me aceptaba por lo que era por un beso de mi mejor amiga, por una incierta relación de mejores amigos?. ¿Y si todo esto sólo fue curiosidad?. Sea lo que sea, no podía quitarme de la cabeza esas tres lágrimas.

Fue un día jueves cuando teníamos que ir al cine con mi mejor amiga a ver una película de monitos franceses de Michel Ocelot. Desafortunadamente no estaba en cartelera, o simplemente se había cancelado. Igual nos vimos, ella vino a mi casa, con un sombrero que le había prestado su amiga. No sabía qué decir. Sólo quería besarla y revivir lo que fue esa noche. Me comenta que se había gastado plata por las puras y que en una especie de solidaridad personal se había comprado dos discos de bandas sonoras, se trataba del soundtrack de Magnolia y la de Amélie. Puso el primero y me ordenó que la adelantara al track 11, donde Aimee Mann no se escuchaba. Al poner el Absolution la quedo mirando, ella me pregunta que si llegáramos a intentar una especie de relación que le prometiera que nuestra amistad siguiera viva. Promesa cumplida. El beso se vuelve a revivir, no me detendré en eso. Al otro día era la junta donde un ex-compañero de colegio que siempre admiré por su capacidad y aguante de sacar fotografías artísticas en blanco y negro. Le gustaba mucho Cortázar y el cine de Stanley Kubrick. Me llama en la mañana para confirmar mi ida y le aprovecho de preguntar si podía ir con 3 amigos, me dice que ningún problema. Dos de ellos nos juntamos anteriormente en mi casa para tomar algunas cervezas antes de ir a casa de esta persona. Al estar listos nos dirigimos camino a tomar la micro que nos lleva por $450 a los tres. Al llegar a donde nos quedamos de juntar, se encuentra el dueño de casa esperándonos, solo, con una camisa burdeo y una carpeta en su brazo izquierdo. Cuando llegan a quienes estábamos esperando nos dirigimos al supermercado que estaba a la espalda de nosotros a comprar alcohol y cosas para comer (Para que la hueá no parezca tomatera - como siempre bromea uno de mis amigos que invité). Al llegar a aquél lugar nos instalamos y empiezo con mi primer vaso de Ron limon con Canada Dry. Cuando nos dirigíamos a buscar a la persona que faltaba llegar me dijo que ahí conversaríamos. Al abrir la reja ella ya venía entrando. "Escuche la voz de David y supe altiro donde era la casa". Saludo a mi amiga y miro una especie de banca sujetada por unos fierros que se balanceaba, y le digo que nos sentáramos para así conversar tranquilos. Empieza a contarme todo. Yo no quería aceptarlo. No podía asumir la idea de que todo esto acabó, de que no podíamos estar juntos porque ella no estaba bien, ni porque apenas podía sostener su vida. En mi rabia e ira le dije que la iba a matar y que me había convertido en un homosexual frustrado. Me paro y me dirijo donde estaba anteriormente.

-Hola David. Me da gusto tenerte aquí nuevamente. ¿Te sirves algo?

Yo sin pensarlo me sirvo un nuevo vaso de Ron con esa bebida blanca. Me habré tomado más de 4 vasos en menos de 15 minutos cuando me dirijo al baño a vomitar todo lo consumido. Mis ojos cerrados, mis pantalones mojados en la parte trasera por haberme caído al intentar pararme y resbalarme ante aquellas baldosas mojadas por una cañería rota en aquél baño. No sé como entró mi amigo a ayudarme. Nos pegamos cachetadas mientras otro amigo nos sacaba fotos. Ella se encontraba sentada en aquél baño, riéndose. Salgo de aquél baño y me vuelvo a sentar. Me sirvo un vaso de cerveza. Todo fue rápido. Alguien me llama a que salga. Cuando no alcanzo ni siquiera llegar a la puerta veo aquella patética escena que prefiero no haber visto jamás. Ella intentaba besar a uno de mis invitados. Yo agaché mi cabeza, mirando las baldosas, cerrando los ojos, sintiendo mis ojos ardiendo. Él me intenta explicar la situación, que nunca me haría eso, que nunca me traicionaría, que amaba a su novia. Siento como los dedos de mi mano derecha se juntan, formando un puño. Por dentro se repetía la frase "Te voy a matar". Giro a mi izquierda y le adjudico un nuevo vómito a las plantas que se hallaban en aquél lugar. Uno de mis amigos me sujeta y me abraza, me dirige hacia afuera, me siento en una cuneta y me ofrece un cigarro recién encendido. "Fúmatelo tranquilo, piensa en todo esto y luego hablamos". Todo me daba vueltas, no quería saber de nada. Al tirar la colilla del cigarro ya vencido y apagado voy corriendo hacia una muralla blanca de la casa que se encontraba de donde estábamos y le pego una patada. Luego doblo a toda velocidad a mi izquierda. Siento que mi amigo me viene persiguiendo. Cuando me atrapa me dice que suelte todo, que diga todo lo que quiero decir. Yo en mi desesperación soltaba blasfemias y garabatos. Al volver encuentro que ella estaba durmiendo, tapada con una frazada amarilla con monitos blancos. Lo demás fue confusión. Al despertar nadie dijo nada. Ella ya se había ido. El frío aire soplaba en mi helado rostro.

Realmente no se qué ocurrió, el porqué tomé esta determinación e hice lo que ahora me arrepiento de haber cometido. Ella no tiene la culpa, nadie la tiene. Sus ojos me miraban con expresión extraña, con sumo dolor y piedad. Mi rostro me lo imagino. Yo le gritaba "¿Es como Matador de Almodóvar o no?!, ¡¿Que no la viste?!". Nunca olvidaré ese brillo en sus ojos y sus apretados labios mientras la ahorcaba y tenía clavada en la parte derecha de su cuello mi tijera. La sangre cada vez corría más rápido. Wagner me inspiraba a reírme.

¿Porqué lo hice?. Yo la esperé a que llegara de la playa. Yo la quería ir a buscar, nunca pude. Cuando regresó no pude decirle nada. Vino a mi casa y le pregunté que si todavía quería morir. "Imposible ahora" me responde. Yo en mi descontrolada euforia busco mi disco de Wagner. Empiezan esos violines homicidas, ese viaje de amargo mar rojo que siempre me baña de apasionada oscuridad lamentada. "¿Lo ves?, ¿Ves ese mar?", ella frunce el ceño dándome señal que no entiende mi pregunta. "Ahora la verás", pesco mi tijera y se la clavo en su cuello. "¿La ves ahora?". Ella se estaba ahogando, me intentaba abrazar, pedir ayuda. No la tuvo. Yo sostenía mi risa en esos brillantes ojos suplicantes, llenos de piedad. Suena el timbre. El tema da su fin. Me quedo parado mientras ella está en el suelo sangrando, tiritando. Suena mi ventana que es golpeada desesperadamente. "¡¿David?!". Es mi otra amiga, la que le había prestado el sombrero a la persona que está ahora en mi alfombra ploma, manchándola de su sangre que sale de su cuello. ¿Se acuerdan de ella?, la que llegó después de haber escuchado mi voz en esa fiesta. "¡Voy!", le respondo. Al dirigirme a abrir la reja y recibirla, voy con mi tijera escondida en mi mano derecha. La abrazo para saludarla y su cuerpo empieza a tiritar, su pálido y frío rostro me pide ayuda. Hundo la tijera cada vez más adentro de su espalda, pero no puedo, toca un hueso de su columna vertebral, giro una y otra vez la tijera, está atascada. Cae al suelo. La arrastro a mi pieza y la dejo junto a mi otra víctima. Es la mejor escena que he podido apreciar en mi vida, tener a mis dos mejores amigas muertas en mi pieza, pidiendo ayuda. Para dar termino a esta fabulosa escena me dirijo al comedor y saco una botella de pisco que le queda un poco más de la mitad, la dejo encima de la mesa. Voy en busca de mis pastillas. Al tener la ejecución final me dirijo nuevamente a mi pieza.

No sé lo qué ocurrió. Lo juro. Pensé que esas cinco malditas prozacs y ese largo sorbo de pisco me iban a matar luego de que mi cuello empezó a sangrar por completo. Ahora me encuentro en esta maldita celda. No sé nada. Lo juro. Sólo sé que no quiero estar vivo en esta celda.


Ricardo Iturrieta
[2004]

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