"Una caricia helada, una tormenta que no se anticipa, una hoja que cruje con susurro de esperanza, estación mental que florece en invierno y olvida cuando todo se llena de ilusión, un sol que sale tras las nubes, una flor que nace al melodía de su oxigeno y luz. Una banca recién pintada, una salida no encontrada. Traicionado cemento gris con rostro de pérdida, una mirada que grita en silencio, una lápida que pide perdón, un nacimiento tras una muerte, ciclo en neutralización. Reflejo buscado en el cielo, euforia auto-engañada, refugio ahogado, fingir fidelidad mediocre. Una herida que arde al palpar, una lágrima que no termina de quemar, un consuelo que se evita, mutualismo inadaptado. Ya no se puede confiar en quien nos ha permitido olvidar, la solidaridad y felicidad son almas gemelas, consiste en una ilusión, ambas son ilusas. Pregunta al nacer, respuesta al morir. Olvidar que se puede salir adelante, rendirse a una tumba. La vida se consume, se trata de entender lo que no hemos experimentado. Noche sin estrellas, se pierde el sueño, se apaga el encuentro".
Un día en el que llueve es para Víctor una especie de inspiración para crear y moldear sus sentidos en una hoja de papel, en este caso, en su computadora - siempre le hubiera gustado escribir en una verdadera máquina de escribir. Guarda lo que acaba de escribir, se levanta de la silla, se dirige a la ventana a mirar la lluvia. Víctor Arriagada vive en una casita de un refrescante color naranjo. Las cortinas color celestes dan el matiz perfecto de ausencia y espera. Mirando por la ventana mientras la lluvia sonaba en un ritmo polimétrico se encuentra suspirando a cada gota que ganaba una carrera mientras suena esa lamentable pero exquisita sinfonía. La tetera suena y se sirve un café, y eso es significativo; es la espera, se quiera o no, de una llamada, de una mirada, de una oportunidad. La tormenta sigue, no para; igual que el dolor, progresivo, en aumento cuando se está en ausencia de un rico y suave perfume de piel. Víctor da una vuelta con carismática gracia y ritmo al son de esa sinfonía mientras sostiene su linda tacita color morado con el recién creado café: adicción que aumenta ojeras y piel áspera, que te inyecta sangre en los ojos y te hace ver todo de una manera más rápida si se tiene imaginación. Sigue lloviendo, su mirada se fija atentamente en la vereda del exterior. Una sonrisa se dibuja en el rostro, el café huele a esperanza, la ciudad se ve más traicionada, pasiva, intacta: como una trompeta sin soplido, un violín frotado por juego, una lágrima sin ardor, una caricia sin brillo. Después de todo, la vida tiene un sentido - se diría alguien que lo apuntan con una pistola afuera de su casa u oficio. Víctor no se auto-engaña más: era necesario olvidar, terminar con ser iluso y respirar de nuevo un nuevo aire. Lo de anoche no era terrible, quizás algo vergonzoso y poco digno o ético, pero no terrible; esa noche hubo mucha droga, psicodelia, confusión, adulterio, capricho, una mujer que guiñe el ojo, una mirada mutua, un gesto que te invita a tomar iniciativa, el trago, la escalera, la cama, el ardor, el sudor de aquella persona, la puerta con llave. Un helado suspiro sale de su genocida ardor interno mientras ve la calle vacía. Y es que la lluvia tiene una simbología distinta para cada persona; para algunas es lamento por el seudo altruismo de ponerse en el lugar de la persona sin casa, para otros es el afinado instrumento para empezar un sinfónico lamento nostálgico, para Víctor era lo mismo que una vida que depende de un gatillo apretar, de una puerta con pestillo o el sonido de una foca de Valdivia: eufórica empatía anormal. Lo normal hubiera sido el seguir escuchando esa sinfonía que relaja tensiones, el sentarse y apoyar mejilla izquierda en una pierna mientras se escribe alguna historia improvisada, el suspirar por una linda escena de una buena obra humilde europea; pero no. Víctor se dirige al closet y saca su abrigo negro y rodea su cuello con su bufanda violeta, nuevamente se dirige a su ventana, se adjudica la cafeína de un corto y profundo sorbo, apaga la dulce sinfonía, agarra las llaves que están en la cocina y sale sin paraguas. Lo increíble es encontrarse en una calle, sola, sin nadie transitando, mojada y adornada de esa sádica y agresiva lluvia. En un acto de desesperada euforia empieza a bailar con ese sonido, con ese roce en su cuerpo; en ese momento se encuentra consigo mismo y deja de lado toda espera o encuentro: mirar al cielo, con ojos cerrados, mientras te dejas acariciar gota por gota es algo que ni Víctor puede explicar. Mientras se encuentra jugando a esquivar la lluvia y dejar de lado su dolor- que exteriormente se dice bailar - aparece una menuda joven de pelo negro hasta sus hombros, de silenciosa mirada tímida y asumida sonrisa fingida. Al ver el supuesto espectáculo que se encuentra haciendo Víctor, ella fija su mirada en él, una sonrisa se dibuja en su pálido rostro y sus ojos brillan, "quisiera estar con esa persona" se dijo a sí misma, baja la vista, ve el cemento mojado y sigue su camino. Lo irónico es que son vecinos, nunca han hablado y esa sería la oportunidad perfecta para empezar un diálogo con pretensión de tener un hijo y casarse, no lo han hecho. Lo ideal sería escribir que se conocen conversando, tomando café, escuchando Mozart, en un día sábado con lluvia. No siempre ocurren esas cosas, y mi querido amigo Víctor me odiaría por no adjudicarle ese final, pero en cierta parte me agradecería no haberlo hecho. ¿Y si esa muchachita sea una sádica mitómana escrupulosa y detallista que fastidia la lluvia?, ¿o una frígida y reservada paranoica celosa con traumas de sobre-protección?. Sea como sea, Víctor sigue siendo acariciado por la lluvia, un helado y perfumado roce en su piel.
Ricardo Iturrieta
[2005]

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