El inodoro estaba manchado con excremento, se lograba denotar pedazos de comida incrustada, de él salía un tibio y atractivo humo, era un verdadero manjar para este señor. Lo toma con su mano y lo mira atentamente, se lo acerca a su nariz más de una vez para comprobar su elaborada textura. Finalmente se lo acerca a la boca y lo saborea. Muchas personas podrían apostar su vida que cosas como esta no existen o que simplemente están en la imaginación desordenada de un morboso con ambición vouyerista, pero no es así, la coprofilia existe y se esconde en los lugares más androgenados o aparentemente normales. En este caso se encuentra en este señor que se disfraza de mujer para ingresar al baño sector damas de distintos centros comerciales - más conocido como el extranjerismo "Mall". Adoraba seguir a jovencitas que consumían comida chatarra que llamaban su atención, para luego ingresar al mismo baño, esperar que defecara, para así asombrarse y excitarse con el maravilloso desecho envuelto en distintas capas de feca. Era un placer mirarlos, olerlos, tocarlos, y por supuesto, saborearlos. Tibia textura pegajosa y seca con distinto sabor y color que el anterior. Sus preferidos eran los auto-destructivos como llamaba él; se trataba de esos pequeños trocitos de excremento que a veces salen con un toque mágico de sangre, adoraba así también ese espeso y exuberantes excremento líquido suave y resbaloso que algunos llaman "diarrea" pero que él los llamaba un pan de dios. Habían veces que lamentablemente las fecas eran arrojadas por la alcantarilla del inodoro, pues así se esconde la vergüenza de arrojar su proceso intestinal. "El excremento de cada individuo debe ser considerado una verdadera muestra de existencia", esa era la frase que siempre se repetía cuando se encontraba con un baño sin su apreciado alimento. Cuando finalmente había terminado con su exquisito festín alimenticio se introducía su placa y se lavaba las manos. Su rostro cada vez denotaba una agradecida muestra de estar satisfecho cuando sentía los peculiares y explícitos trozos de feca en su garganta, parecido a ese amargo ardor que le dejaba la cocaína en tiempos de inconsciente adolescencia escondida; ahora él es libre, puede hacer lo que se le antoja con suma responsabilidad sin hacerle daño a nadie. ¿Qué daño puede tener el comer y apreciar lo que otros encuentran patético y repugnante?. Su adoración al excremento se debe a una escena que tuvo de niño.
-Mami, un amigo me hizo probar un mojón suyo, y tiene sabor a pana.
-¿Qué?... ¿Cómo se te ocurre decir eso delante de la mesa?
-Es que era rico.
-No lo vuelvas a hacer más, ¿me oíste?, te hace daño ingerir infecciones en tu cuerpo.
Como es de suponer, lo volvió a hacer, pero con su propio excremento. Poco a poco fue aumentando en cantidad, y comía de una manera muy rápida para ir a defecar lo más pronto posible, era su entretención, su didáctico aprendizaje de sí mismo. Le encantaba comer arroz con choclo, para luego, al día después encantarse con la maravilla de feca con trozos de choclo incrustado y arroz molido que lograba crear. Se sentía todo un artista dando distintas formas a sus excrementos, teniendo el control de la velocidad y la presión de sus desechos. El arte de defecar no es una cosa fácil, es más, hay que tener mucha paciencia y pasión, y de esto a él le sobraba. Pero volvamos a la actualidad, al presente. Mientras se mira al espejo descubre que tiene un poco de excremento en sus labios, en cosa de segundos lo retira con su lengua, como si fuera una simple mancha de helado, pero no, esto era mucho más excitante y delicioso. Su rutina consistía en comer fecas de anos femeninos, especialmente de gente joven en el rango 15-25 años. Es difícil escribir de este tipo, me cuesta usar un lenguaje adecuado o sintetizar la adicción de este señor. ¿Cuántos sinónimos se le pueden adjudicar a la adicción de este señor?, empecemos: Caca, diarrea, mojón, carbón café, cagá, feca, excremento, hay demasiados. Debo suponer que la persona que esté leyendo esto en este momento debe tener asco por lo que estoy escribiendo, pero de seguro sigue leyendo porque su mente ambiciosa y voyeurista se lo dice, o quizás me equívoco y se está riendo, de seguro cree que esto es ficción, pero créame, no es así. Sigamos. Al satisfacer su adorado y exquisito menú coprofílico se dirige al segundo piso del centro comercial. Mira su reloj: 18:24pm. Buena hora para subir las escalas mecánicas y poner en acto su segunda adicción. Se trata de entrar a las tiendas de ropa interior femenina y aplicar pasta de dientes en el interior de ellas, con la intención de que aquella fémina que se lo pruebe obtenga una excitante pero molesta picazón. ¿El objetivo?: a él le excita ver a las mujeres rascarse su entrepierna a causa de su terrible picazón. Sólo un masoquista podría disfrutar de eso, es algo parecido a comer ají o pebre en exceso. De esto él lo tenía más que claro, disfrutaba mucho la sensación que le daba cuando arrojaba un excremento picante a causa del ají. Entra a una tienda que se exponen maniquís con sostenes y calzones, mostrando el estereotipo del "¿Quieres ser mujer?: aumenta tu busto con estos sexys sostenes". Al hacer ingreso saca a escondidas su pasta de dientes y empieza. Agarra unos sostenes blancos y le derrama paste de dientes, esparciéndolo. Repite este acto con unos nueve sostenes más. Es el turno de los calzones, con estos lo hace con alrededor de quince. Al salir de la tienda se sienta en una banca. Hay que esperar. En su espera recordó una conversación que tuvo con su padre hace mucho años atrás.
-Papi, me gusta una compañera de curso y no me atrevo decírselo.
-No me hueí. Mira, las mujeres no son de confiar, ¿Cómo puedes confiar en alguien que sangra tres o cuatro veces al mes y no muere?
-No entiendo. ¿Porqué sangran?
-Cuando crezcas lo vas a entender. Pero créeme hijo, las mujeres pueden hacer lo que quieran contigo cuando caes en su red. Te dominan, te controlan, te reemplazan por el trabajo. Veme tú a mí: sentado con una cerveza, con la televisión prendida y hablando con mi hijo de mujeres.
Fue una especie de Flash-back mental. Cuando entra una persona a la tienda y mira uno de los sostenes con pasta de dientes esparcida, la excitación empezó a surgir, momentos de alegría mezclados con espectada emoción empezaron a surgir dentro de este señor. La persona entra a probarse el sostén, se trataba de una joven gordita, con ajustados pantalones y una polera burdeo. Cuando se coloca el sostén, una fuerte picazón y ardor empezó a sentir en sus pezones, no entendía de que se trataba, pero la incomoda sensación le molestaba. Salió indignada y apurada del probador y salió de la tienda, rascándose disimuladamente haciendo parecer que tenía calor o que se le había perdido algo, pero lo que de verdad sentía era una terrible y molesta picazón, que sólo sabía ella y el señor que se encontraba sentado al frente de ella, riéndose dentro de sí. Una joven de mediana estatura ingresa, pero ella va al sector de los calzones. Siempre le dio vergüenza del tamaño de sus pechugas, debido a que eran muy diminutas, y no necesitaba usar sostenes, pues en realidad nunca tuvo nada que sostener. Entra al probador con tres calzones, la sensación que empezó a sentir cuando se probó el primero fue excitante, a diferencia de la otra persona, para ella era agradable. Empezó a frotar su vagina con la silla que estaba dentro del recinto con espejo y cortina. Era una especie de masturbación, se frotaba fuertemente con la silla, la picazón era terrible. Después un largo rato de frote con aquél objeto de madera y fierro, sintió una especie de orgasmo en su cuerpo, era indescriptible lo que sintió, pero dejó la silla toda manchada de un líquido transparente y pegajoso. Tuvo una experiencia bizarra y vergonzosa diría ella. pero la verdad era que perdió su virginidad con una silla. Salió con una mirada distinta del local, no tenía necesidad de rascarse, la silla jugó ese rol. Una desgraciada suerte para el señor. Cuando mira a su derecha y denota que una menudita joven hace entrada a la tienda, su excitación aumentó. "Mijita rica" se decía a sí mismo. Toma un calzón y se dirige al mismo probador donde estaba la silla manchada. El olor a la reciente transpiración excitada de la anterior joven se lograba notar, no era desagradable, pero a la joven le incomodó ver la silla manchada con esa especie de líquido vaginal. "Qué es esto?" se dijo a sí misma, y descubrió de que se trataba cuando saboreó un poco del líquido. La situación la encontró rarísima. Se saca su calzón que estaba manchado con algo de sangre que había proporcionado su toalla higiénica. Al probarse la ropa interior con pasta de dientes sintió una sensación como si le estuvieran echando pebre a su vagina, la sensación era horrible pero excitante, desesperada salió de la tienda. Cuando el viejo logra ver que se estaba rascando la entrepierna, su sonrisa aumentó, sus ojos tenían más brillo y su arrugada frente parecía estar más estirada. La joven se sienta y se empieza a rascar descaradamente, no le importaba que la mayoría de las personas la mirarán, aparte que su atractivo físico llamaba la atención.
-Señorita, ¿Le ayudo?
-Cállese viejo culiao.
-¿Le doy una manito mijita? - en tono irónico se larga a reír.
-Ven a metérmela po' viejo culiao.
Las apariencias engañan. Uno cree que se puede ser elegante y refinado vistiendo ropa de alto costo, pero no es así en algunos casos. Es otro día normal para este anormal señor con gustos raros. En realidad todos tenemos gustos raros, ya sea reírse con los chistes de los programas del domingo o ir con pañuelos al cine, a este señor le excitaba ver a las jóvenes rascarse la entrepierna y comer su excremento. La feca de cada uno debería considerarse más valiosa que nuestras ideologías, pues el inodoro mental repleto de mierda, más que deshacerla hay que consumirla, esa era su filosofía o su manera de vivir, simple, gratis y bello. Mañana será ají en los calzones rojos.
-Mami, un amigo me hizo probar un mojón suyo, y tiene sabor a pana.
-¿Qué?... ¿Cómo se te ocurre decir eso delante de la mesa?
-Es que era rico.
-No lo vuelvas a hacer más, ¿me oíste?, te hace daño ingerir infecciones en tu cuerpo.
Como es de suponer, lo volvió a hacer, pero con su propio excremento. Poco a poco fue aumentando en cantidad, y comía de una manera muy rápida para ir a defecar lo más pronto posible, era su entretención, su didáctico aprendizaje de sí mismo. Le encantaba comer arroz con choclo, para luego, al día después encantarse con la maravilla de feca con trozos de choclo incrustado y arroz molido que lograba crear. Se sentía todo un artista dando distintas formas a sus excrementos, teniendo el control de la velocidad y la presión de sus desechos. El arte de defecar no es una cosa fácil, es más, hay que tener mucha paciencia y pasión, y de esto a él le sobraba. Pero volvamos a la actualidad, al presente. Mientras se mira al espejo descubre que tiene un poco de excremento en sus labios, en cosa de segundos lo retira con su lengua, como si fuera una simple mancha de helado, pero no, esto era mucho más excitante y delicioso. Su rutina consistía en comer fecas de anos femeninos, especialmente de gente joven en el rango 15-25 años. Es difícil escribir de este tipo, me cuesta usar un lenguaje adecuado o sintetizar la adicción de este señor. ¿Cuántos sinónimos se le pueden adjudicar a la adicción de este señor?, empecemos: Caca, diarrea, mojón, carbón café, cagá, feca, excremento, hay demasiados. Debo suponer que la persona que esté leyendo esto en este momento debe tener asco por lo que estoy escribiendo, pero de seguro sigue leyendo porque su mente ambiciosa y voyeurista se lo dice, o quizás me equívoco y se está riendo, de seguro cree que esto es ficción, pero créame, no es así. Sigamos. Al satisfacer su adorado y exquisito menú coprofílico se dirige al segundo piso del centro comercial. Mira su reloj: 18:24pm. Buena hora para subir las escalas mecánicas y poner en acto su segunda adicción. Se trata de entrar a las tiendas de ropa interior femenina y aplicar pasta de dientes en el interior de ellas, con la intención de que aquella fémina que se lo pruebe obtenga una excitante pero molesta picazón. ¿El objetivo?: a él le excita ver a las mujeres rascarse su entrepierna a causa de su terrible picazón. Sólo un masoquista podría disfrutar de eso, es algo parecido a comer ají o pebre en exceso. De esto él lo tenía más que claro, disfrutaba mucho la sensación que le daba cuando arrojaba un excremento picante a causa del ají. Entra a una tienda que se exponen maniquís con sostenes y calzones, mostrando el estereotipo del "¿Quieres ser mujer?: aumenta tu busto con estos sexys sostenes". Al hacer ingreso saca a escondidas su pasta de dientes y empieza. Agarra unos sostenes blancos y le derrama paste de dientes, esparciéndolo. Repite este acto con unos nueve sostenes más. Es el turno de los calzones, con estos lo hace con alrededor de quince. Al salir de la tienda se sienta en una banca. Hay que esperar. En su espera recordó una conversación que tuvo con su padre hace mucho años atrás.
-Papi, me gusta una compañera de curso y no me atrevo decírselo.
-No me hueí. Mira, las mujeres no son de confiar, ¿Cómo puedes confiar en alguien que sangra tres o cuatro veces al mes y no muere?
-No entiendo. ¿Porqué sangran?
-Cuando crezcas lo vas a entender. Pero créeme hijo, las mujeres pueden hacer lo que quieran contigo cuando caes en su red. Te dominan, te controlan, te reemplazan por el trabajo. Veme tú a mí: sentado con una cerveza, con la televisión prendida y hablando con mi hijo de mujeres.
Fue una especie de Flash-back mental. Cuando entra una persona a la tienda y mira uno de los sostenes con pasta de dientes esparcida, la excitación empezó a surgir, momentos de alegría mezclados con espectada emoción empezaron a surgir dentro de este señor. La persona entra a probarse el sostén, se trataba de una joven gordita, con ajustados pantalones y una polera burdeo. Cuando se coloca el sostén, una fuerte picazón y ardor empezó a sentir en sus pezones, no entendía de que se trataba, pero la incomoda sensación le molestaba. Salió indignada y apurada del probador y salió de la tienda, rascándose disimuladamente haciendo parecer que tenía calor o que se le había perdido algo, pero lo que de verdad sentía era una terrible y molesta picazón, que sólo sabía ella y el señor que se encontraba sentado al frente de ella, riéndose dentro de sí. Una joven de mediana estatura ingresa, pero ella va al sector de los calzones. Siempre le dio vergüenza del tamaño de sus pechugas, debido a que eran muy diminutas, y no necesitaba usar sostenes, pues en realidad nunca tuvo nada que sostener. Entra al probador con tres calzones, la sensación que empezó a sentir cuando se probó el primero fue excitante, a diferencia de la otra persona, para ella era agradable. Empezó a frotar su vagina con la silla que estaba dentro del recinto con espejo y cortina. Era una especie de masturbación, se frotaba fuertemente con la silla, la picazón era terrible. Después un largo rato de frote con aquél objeto de madera y fierro, sintió una especie de orgasmo en su cuerpo, era indescriptible lo que sintió, pero dejó la silla toda manchada de un líquido transparente y pegajoso. Tuvo una experiencia bizarra y vergonzosa diría ella. pero la verdad era que perdió su virginidad con una silla. Salió con una mirada distinta del local, no tenía necesidad de rascarse, la silla jugó ese rol. Una desgraciada suerte para el señor. Cuando mira a su derecha y denota que una menudita joven hace entrada a la tienda, su excitación aumentó. "Mijita rica" se decía a sí mismo. Toma un calzón y se dirige al mismo probador donde estaba la silla manchada. El olor a la reciente transpiración excitada de la anterior joven se lograba notar, no era desagradable, pero a la joven le incomodó ver la silla manchada con esa especie de líquido vaginal. "Qué es esto?" se dijo a sí misma, y descubrió de que se trataba cuando saboreó un poco del líquido. La situación la encontró rarísima. Se saca su calzón que estaba manchado con algo de sangre que había proporcionado su toalla higiénica. Al probarse la ropa interior con pasta de dientes sintió una sensación como si le estuvieran echando pebre a su vagina, la sensación era horrible pero excitante, desesperada salió de la tienda. Cuando el viejo logra ver que se estaba rascando la entrepierna, su sonrisa aumentó, sus ojos tenían más brillo y su arrugada frente parecía estar más estirada. La joven se sienta y se empieza a rascar descaradamente, no le importaba que la mayoría de las personas la mirarán, aparte que su atractivo físico llamaba la atención.
-Señorita, ¿Le ayudo?
-Cállese viejo culiao.
-¿Le doy una manito mijita? - en tono irónico se larga a reír.
-Ven a metérmela po' viejo culiao.
Las apariencias engañan. Uno cree que se puede ser elegante y refinado vistiendo ropa de alto costo, pero no es así en algunos casos. Es otro día normal para este anormal señor con gustos raros. En realidad todos tenemos gustos raros, ya sea reírse con los chistes de los programas del domingo o ir con pañuelos al cine, a este señor le excitaba ver a las jóvenes rascarse la entrepierna y comer su excremento. La feca de cada uno debería considerarse más valiosa que nuestras ideologías, pues el inodoro mental repleto de mierda, más que deshacerla hay que consumirla, esa era su filosofía o su manera de vivir, simple, gratis y bello. Mañana será ají en los calzones rojos.
Ricardo Iturrieta
[2005]

No hay comentarios:
Publicar un comentario